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De mar Amar Segunda Parte

Capítulo Duodécimo - Final

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Los hechos y personajes son productos de la ficción. Toda similitud con la realidad son mera coincidencia. (Los autores)

 

Mucho antes que el avión silbara sobre la pista de Ezeiza, antes incluso del vuelo de cabotaje que lo dejara en Sauce viejo, y el remisse estacionara bajo la sombra curva del Arco de la Colonización, Sebastián sabía que no habría forma de contener la erupción de emociones y tensiones durante su travesía española, y correr a abrazar a su pichona.

Alejandra había enviado los niños a la colonia de vacaciones y tenía a los melli en el corralito cuando decidió darse una ducha para recibir a su gigante moreno.

El móvil llegó mucho antes de lo previsto. Sebastián abonó con rapidez al chofer que le ayudó a descargar el equipaje, y que depositó entre unos arbustos.

Se dirigió a la casa con sigilo en medio del dédalo de sombras crecientes de la tarde agonizante. Alejandra según el último mensaje, pensó que llegaría avanzada la noche. Cuando escuchó el motor de un auto alejándose se asomó al vestíbulo para observar.

Sebastián cubría el acceso al portal que separaba la galería del recibidor de los Eberhardt. Ambos enmudecieron en una sonrisa de ojos humedecidos. Sebastián abrasado por el verano húmedo de la colonia, en contraste del ventoso invierno que había dejado en el otro hemisferio, tenía una camisa blanca pegada a la vellosidad del torso y una corbata verde reproduciendo el misterio de su mirada lánguida. Alejandra, salía al vestíbulo apenas cubierta por un toallón naranja, descalza sobre la alfombra de cuero vacuno, con los haces del cabello mojado cayendo como medusas en la espalda y la perfecta esfera de sus hombros.

Con paso ligero Sebastián la acorraló junto al mueble, y de un zarpazo la tomó del nudo que ceñía la toalla. La risa loca de Alejandra alcanzó a lanzar entre espasmos un agónico –recién me he duchado Seba, no por Dios- y volvió a reír como poseída, hasta que el oleaje levantado por las aguas removidas por la caída de ambos cuerpos entrelazados, se hundió en el fondo de la pileta.

Emergieron una y otra vez como perros de presa destrozándose a dentelladas, Sebastián ni se había tomado la molestia de descalzarse, Alejandra como en otras oportunidades, se tomó de la escalerilla de cromo, y despojada de la toalla la mordió con fuerza. El gigante le alzó los muslos como el barco que leva anclas y arremetió una y otra vez hasta que ambos perdieron la conciencia del tiempo y el espacio.

Se derramaron en el cantero de césped, y luego de varios minutos de diálogos de bienvenida, de entrecortada respiración, de apretarse las manos y besarse de palmo a palmo; las aguas de la pileta parecían seguir meciéndose.    

 

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Maruca, que a duras penas podía comprender las aplicaciones de WhatsApp, del celular que Rogelio le había comprado para que ella aprendiera lo que él nunca aprendería, logró hacerse entender con un audio, la propuesta formal para un asado pantagruélico en la quinta como bienvenida a Sebastián:

-Che Alejandra, querida hacemo´así. Vamo con el Rogelio pa ayá a tu quinta y llevamo un lechón. Comemo, de ay nos vamo pa la plaza un rato y pa la nochecita me traigo los chico más grande pal campo. Así te quedás con el dotor más sola y festejá a lo grande m´hija. Que al hombre ay dos forma de tenerlo cortito. Buena mesa y mejor catre. Llenarle la panza a él pa´que el después se ocupe de la tuya. Así se amansa el más cimarrón Ale, haceme caso que ansí no se te escapa más pa´España  ni que lo llame el Rey-

Alejandra no pudo evitar reír con las ocurrencias. Alistó los niños. La época de adviento llevaba a la gente al Templo con ropas ligeras, aunque sobrias. Sebastián emergió de la habitación con un ambo azul marino, la camisa blanca y la corbata verde agua con que cruzó el océano.

Alejandra se calzó una virginal solera blanca, de cerrado escote, una gargantilla de plata de Maruca y sandalias cobre. Se acercó a Sebastián y le alisó el dorso de las solapas.

-Debería afeitarme- dijo con fastidio

-No no. Dejala así ralita- lo besó en la mejilla y le limpió la huella de carmín

Dante Y Josefina, fascinados por el boato sacro de las imágenes, la majestad de las doce columnas marmoladas de la Basílica, no deambularon con exceso entre los bancos, ni tomaron por asalto los confesionarios como temieron que podrían hacer.

De pronto, Sebastián que en ningún momento de la ceremonia soltó la mano de Alejandra, musitó al oído de Alejandra:

-Pensar Ale, que en un tiempo estuve convencido de una frase que repetíamos como un salmo ateo. “La religión es el opio de los pueblos”-

-La religión no es el opio de los pueblos, el hombre es el veneno del mundo y de todas las cosas-repuso Alejandra.

Cuando llegó el momento de darse la paz, el saludo de los esposos, hasta ayer separados por el océano, fue más prolongado en las miradas que en el beso y el apretón de las manos.

Cuando terminó la misa, afuera el día era extremadamente luminoso. Caminaron por la plaza hasta el centro para observar cada lado del monumento a los pioneros agricultores. Dante y Josefina correteaban por los escenarios donde solía tocar la banda y el mástil con sus escalinatas. Y solo cuando convencieron a los niños de ir a tomar un desayuno a la Royal, y sus correrías continuaron dentro del recinto entre el laberinto de mesas, aliviados, vieron que sería más fácil vigilarlos.

Entonces Alejandra extrajo del interior de su cartera de cuero roja, un ejemplar de la Biblia y abrió el capítulo, previamente señalado, del Cantar de los Cantares.

-Escucha poeta:

"CANTAR DE LOS CANTARES

Ella:

¡Que me bese con los besos de su boca!

Tus amores son un vino exquisito, suave es el olor de tus perfumes, y tu nombre, ¡un bálsamo derramado!; por eso se enamoran de ti las jovencitas. ¡Llévame! Corramos tras de ti.

Llévame, oh Rey, a tu habitación para que nos alegremos y regocijamos, y celebremos, no el vino, sino tus caricias. ¿Cómo podrían no quererte?"

Y señalé otros más adelante. Por Dios que me pareció revivir tu espera, escucha:

"Sobre mi lecho, por las noches, yo buscaba al amado de mi alma. Lo busqué y no lo hallé.

Me levantaré, pues, y recorreré la ciudad. Por las calles y las plazas buscaré al amado de mi alma. Lo busqué y no lo hallé.

Me encontraron los centinelas, esos que andan de ronda por la ciudad.

¿Han visto a mi amado? Apenas los había dejado cuando encontré al amado de mi alma. Lo abracé y no lo soltaré más hasta que no lo haya hecho entrar en la casa de mi madre, en la pieza de la que me dio a luz"

-Aquí puedo escuchar tu voz, corazón, ¡porque me has dicho lo mismo que se ha escrito hace dos mil quinientos años!

"Tus labios son una cinta roja, y tu hablar es encantador. . .  Tus dos pechos, cervatillos coquetones, mellizos de gacela

Eres toda hermosa, amada mía, en ti no hay ningún defecto

Me robaste el corazón, hermana mía, novia mía, me robaste el corazón con una sola mirada tuya, con una sola de las perlas de tu collar. ¡Qué amorosas son tus caricias, hermana mía, novia mía! ¡Más delicioso es tu amor que el vino! Y el olor de tus perfumes supera a cualquier otro.

Los labios de mi novia destilan pura miel; debajo de tu lengua se encuentra leche y miel.

Y por último te leo, escucha

"Guárdame en tu corazón como tu sello o tu joya, siempre fija a tu muñeca. porque es fuerte el amor como la muerte, y la pasión, tenaz como el infierno; sus flechas son dardos de fuego, como llama de Yavé. ¿Quién apagará el amor? No lo podrán las aguas embravecidas, vengan los torrentes, ¡no lo ahogarán! "

-Te das cuenta amor? ¡Las aguas embravecidas! El mar, el de Mar de Ajó o el mediterráneo, no nos ahogaron no nos ahogarán-

Emocionados se tomaron de las manos.

-Maravilloso- dijo Sebastián

-Una vez leí-terció Alejandra- no sé si era una escritora o filósofa, creo que francesa, que se preguntaba cómo una religión como el cristianismo que se basaba en el amor, podía tener tanto prejuicio sobre la sexualidad-

De pronto Alejandra alzó la mirada.

-¿Sucedió algo en España, fuera de lo común, digo a tu trabajo y fuera de la visita de Juan Manuel que me comentaste anoche? Quiero decir, ¿algo que deba saber?

- Debo ser sincero?

-Cómo lo hemos sido siempre, mutuamente.

-Me encontré con María José- Dijo abruptamente Sebastián, como quien se saca una espina arrancándola.

Alejandra escuchaba en silencio, mirando el fondo de su copa y perdiéndola de vez en cuando en la vista verde de la plaza. Sebastián relató con fidelidad los hechos hasta concluirlos con el affaire de Juan Manuel.

Y lo relató de un tirón. Sin pausas ni demasiadas explicaciones, pero con el suficiente acento de la resistencia que ofreció a cada intento de la Dra. Ulrich por enredarlo en su trampa.

Se pronto Sebastián alzó la mirada, tomó el rostro de Alejandra y le dijo:

-Mírame a los ojos, pichona, sabes muy bien que jamás te mentiría ni te ocultaría nada. Bien podría haberlo callado. Pero tenemos un pacto de amor y sinceridad ¿verdad?

-Claro que sí- dijo Alejandra correspondiéndole con el mismo gesto de tomarle las mejillas- Y a propósito también debo decirte algo. En tu ausencia alguien del pasado apareció de la nada-

-Cómo apareció?

-Estuvo en la quinta- Y con el mismo tono de exposición de un examen, relató la experiencia de la visita del chileno. Y cómo lo invitó a pasar a tomar una limonada, hasta que lo despidió dejándole claro los límites.

Ya de regreso, Sebastián manejaba con lentitud entre el tráfico dominguero.

Alejandra, que quería asegurarse del buen puerto a que arribarían sus confesiones, sentía la contradicción interior y profunda del fantasma de la danesa Ulrich, persiguiendo a Sebastián hasta el viejo continente.  

-No debiste sentarte en su mesa, y perdón por decirlo bruscamente. Te creo que no pasó nada. Pero insisto en que no debiste sentarte en su mesa a tomar ese maldito trago de champagne-

-Lo dices como si la limonada fuera agua bendita y el champagne una especie de droga pecaminosa.

-Ah bueno, vas a decirme que debo desviar el tema de conversación. Quise decir que no es lo mismo una limonada a plena luz del día, que la sugerente noche mediterránea en un restaurante que de seguro estaba apenas iluminado con verlas y música de fondo.

-¿Ah Sí? ¿Te parece lo mismo? estaban solos, los melli dormían decís y estaban solos. El restaurante de la Costa en Torrevieja tenía decenas de otros comensales, más el personal de gastronomía, camareros y. . .

-Y la esposa a 11.000 kms. Aquí todos conocen a los Eberhardt. Allá podría esconderse lo que fuere, podrían estar el Bernabeu en una final del Barcelona y el Real y nadie los reconocería pese al gentío. . .

- Creo que lo importante no es evaluar donde fue más inapropiado la ocasión de ese tipo de encuentro sino la conducta de cada uno de nosotros. Debilidad, necesidad de reconocimiento, muchas cosas pueden asaltarnos con las defensas bajas. Pero no sucedió. A mí no me sucedió y el enredo de Juan Manuel con María José bien es una especie de revancha por despecho. Conozco a María José-

Alejandra asintió recostada en la butaca acompañante y se dijo para sí. “Si, las mujeres nos conocemos”. Pero no lo reconoció en voz alta y de pronto el errante cordillerano le pareció una insensatez que la inhabilitaba para reclamo alguno. Una sorda furia le creció en el interior por la millonaria danesa que había cruzado de continente a continente para tantear a su gigante moreno. Y furia contra sí misma, por la niebla de confusión que a duras penas pudo digerir en su memoria, reviviendo la peligrosa entrevista de la limonada.

De pronto Sebastián, ya llegando al arco lanzó el vehículo a la banquina. Plantó los frenos. Miró al parabrisas con la vista fija como si meditara una decisión vital. Giró a la derecha haciendo saltar el cinturón de seguridad, le tomo las manos y le dijo con una ternura de párvulo

-Pichona hermosa, pichona del alma. ¿No te das cuenta? Piensa en el Cantar de los Cantares. La amada esperando a su amado, el amado corriendo a su encuentro, se pierden y se buscan. Se esperan. Atraviesan pruebas, de incertidumbre, de dudas y finalmente se funden en un amor sagrado. . .

Antes que pudiera continuar, un zarpazo de labios húmedos le selló la boca. Por un segundo suspendido en la eternidad, volvió a sentir el viento salino de Mar de Ajó, la neblina de las correrías nocturnas en la pleamar, y el juramento junto a la luna vagabunda despedazándose de reflejos en las espumosas olas de la playa.

Alejandra se separó con lentitud. Tenían los ojos humedecidos de reconciliación, de genuina sed de ternura, de brasas de excitación y deseo.

De pronto un trinar de risas ahogadas les recordó la presencia de Dante y Josefina en el asiento trasero, atónitos ante la explosión de amor de sus padres.

 

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El almuerzo duró hasta bien entrada la tarde. El lechón de Rogelio, las interminables fuentes de bondiolas y salames. El pan casero horneado a leña y la exagerada provista de vinos y cervezas, hizo imaginar a los comensales que toda la vecindad del Arco estaba invitada.

Sebastián una vez más, huérfano de toda orfandad, repartía saludos y extendía la mano a desconocidos. Todo el clan de los Eberhardt estaba presente. Y cuando el pantagruélico banquete finalizó, una legión de mujeres bajo la inapelable autoridad de Maruca, se lanzó a la dispendiosa tarea de la limpieza y orden de la quinta ante el asombro de los esposos. Todo había estado preparado para dar la bienvenida al Dr., y el reencuentro definitivo.

 

 

TARDE

Paseo en el Cementerio

Casi todos se retiraron de inmediato para hacer el tambo de las primeras horas de la tarde, pese al descanso dominical. Rogelio y Maruca se llevaron a Dante y Josefina, como era costumbre cada vez que los visitaban en domingo-Rogelio los trae pasao´mañana que ya no hay clases- lanzó Maruca desde la camioneta.

Los melli volvieron a quedar bajo el cuidado de la niñera que participó como una parienta más de toda la jornada del domingo y Alejandra propuso la visita al Cementerio. Sebastián había quedado extasiado con la arquitectura de la colonia, y Alejandra recordó la docente recomendación del Director de Necrológicas sobre como la reproducción en el arte funerario, reflejaba la escala y estratificación social de la colonia.

En el pórtico de entrada los aguardaba el sepulturero de turno. Alejandra preguntó por el Director de necrológicas.

-No vendrá en unos días-dijo con el acento parco de los funerarios.

_Ah debe estar ocupado con el Bar de Copes-

No señora. Se agravó su enfermedad. Perdió su brazo izquierdo, para siempre. Es probable que se retire de toda actividad-

-Dios mío!

Munidos de la guía de turismo, y rastreando en su memoria los sempiternos comentarios de la inefable Maruca recorrieron la necrópolis. Caminaron por el ingreso principal, donde se emplazaba la Capilla y el monumento a los pioneros que guardaba el polvo de los fundadores que pudieron rescatarse.

-La paradoja más significativa-dijo Alejandra a al gigante moreno que no le soltaba la mano- radicaba en que no podía hallarse allí la tumba de Peter Zimermann, el primer muerto de la colonia. Nadie encontró jamás la fosa donde dejaron sus huesos. Cuentan que debieron quebrar sus piernas para ponerlo en una caja al sepultarlo. No había ataúdes, apenas había para comer. Enfermó de lo que hoy llamaríamos depresión-

Pasearon por la antigua calle central de lo que fue hasta las dos primeras décadas del siglo anterior, el Cementerio Católico. Se extasiaron con las soberbias cúpulas de las familias cuyos panteones podían alcanzar la altura de los templos, sus capillas interiores reproducir el altar de las Iglesias y hasta esculturas de mármol de carrara. Muy alejados de la ignota tragedia de los deudos de Peter Zimmerman.

-El poeta Pedroni, solo tiene un rosal que florece con el cuidado de la tradición-

También visitaron la tumba cuya escultura parecía simbolizar el rezo agónico de la novia que murió antes de contraer el matrimonio. Un mito que llevaba a los amantes a pedir consejo a la infortunada joven.

Alejandra se esforzaba en los recuerdos de su niñez, en los comentarios de Maruca y en el último discurso del infortunado Director de necrológicas, para informar a Sebastián sobre el dédalo de misterios del laberinto mortuorio, de sus soberbios palacios de la muerte, de los bellos y soleados jardines de las tumbas en tierra, y también de la desolación de las mustias cruces de hierro herrumbrado donde yacían quienes no tenían familiares o los tenían en  condiciones de pobreza.

Junto a la tumba de la novia extinta se detuvieron. Sebastián escuchó extasiado la historia.

-Es para escribirla esta misma noche.-

-Muy simple, la agregamos a la novela que nunca terminamos de cerrar con un capítulo final, desde que comenzamos a escribirla con la pandemia en Torrevieja, ¿Te acordás?

-Claro que lo recuerdo, y más aún; recuerdo tu dedo índice, sugerente, embadurnado con el chocolate de turrón de quaker, jugando en mi boca. A propósito, podríamos hacerme uno para esta noche. . .

-Ah pero que presumido. . . y cómo piensa pagar el trabajo de repostera, Dr.  Angelini?

Él se acercó con un ágil giro de su eje y tomándola de la cintura, le susurró al oído:

-Derramándote el chocolate desde los pechos hasta tu monte de venus, para beberlo palmo hasta dejarte la piel sin un rastro de avena-

Alejandra sintió la boca inundarse de saliva, el vientre se le incendió de un hormigueo frenético, y se besaron hundiéndose las uñas en sus respectivas espaldas y cuello, bajo la enigmática mirada de la novia de mármol, de cuyo halo, descendió una bendición de diminutas luciérnagas.

 

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NOCHE

Por las noches, la quieta oscuridad de la llanura se vestía de ropajes diversos. El rumor del mar se deshacía y se reemplazaba con la melodía del viento entre la arboleda, por los coros de grillos o de ranas anunciando copiosas lluvias.

Con los niños más grandes en la chacra de Maruca, y una vez que la niñera acostó a los melli y partiera a su hogar, agradeciendo la participación a la celebración del regreso, se miraron en la Galería como si recién se reconocerían.

-Voy a ponerme algo más cómodo- Dijo Alejandra

Sebastián asintió sonriendo en la semipenumbra del vestíbulo. Cuando la vio perderse en el pasillo que conducía a la alcoba, busco una frapera de acero inoxidable, la llenó con hielo molido y hundió la botella de champagne. Luego lavó cuidadosamente dos copas de cristal y tomándolas de la base, balanceándolas, comenzó a caminar por la galería. Dejó la frapera sobre la mesa de granito bajo la pérgola y se quitó los zapatos. Se extendió cuan largo era apoltronado en los sillones de mimbre.

Entonces una visión alucinante le golpeó el rostro.

El tiempo retrocedió hacia la lejana noche de la recepción de la automotriz en la muy distante  Mar de Ajó.

Alejandra se había calzado la solera roja. Radiante bajo la lumbre lunar que a duras penas las glicinas de la galería abierta podían retener, apenas se movía cuando la brisa tímida hamacaba los faldones púrpura y Sebastián se convenció que bajo el raso brilloso de la tela no había nada más que el terciopelo nieve de la aromada piel que lo enceguecía de deseos.

Se levantó como en trance, deslumbrado por la erupción de memorias que se precipitó desde la mítica noche, y se lanzó a izarla en brazos.

-Así te recordaba, así te recordaré siempre.

Alejandra sintió las tenazas de bronce asiéndola con demoledora ternura desde los muslos y la espalda, y se rindió sin reservas a su destino de presa, a merced de las dentelladas del lobo estepario que la despojó de los jirones rojos.

Corrieron por la galería hasta desnudarse con un asombroso equilibrio entre el salvajismo y el encanto adolescente de un metejón escolar.

Nadaron por la pileta, tratando de emular el oleaje de Mar de Ajó o el aislamiento literario de Torrevieja, se lamieron como fieras, hasta agotar los abismos de placer, hasta explorar el valle más escondido de sus desfiladeros de miembros, de huecos olvidados, quebrando lanzas en el duelo de la lengua azuzando el paladar y las encías.

Las manos y dedos de ambos mutaron en peligrosos reptiles, y una singular, muy controlada espada de Armagedón hería apenas la entrepierna de Alejandra sumergida en la piscina, para retirarse, metódica, espasmódicamente. Una convulsión de estertores infinitos la llevó a pensar que bienvenida sería la muerte en ese instante, ya que nada nuevo o mejor habría de ofrecerle la existencia luego de tanto placer. Un alarido de fiera herida de muerte, cruzó el silencio de la noche y reverberó en los paredones del Arco.

La cacería del insaciable lobo estepario tras la presa no menos insaciable continuó en una carrera de espectros desnudos. Alejandra apenas se envolvió en una toalla que anudó en la cintura, cuando el gigante moreno la alcanzó en la entrada a la cocina. Volvió a alzarla en vilo para sentarla sobre la mesada de granito junto a la cocina

-Oh por Dios, Sebastián, solo te pido un respiro. No me mates de placer te lo ruego-

Sebastián miró el torso que la toalla no cubría y se detuvo a observarla como un experto de arte escudriña una escultura.

Los dedos temblando se aproximaron a los hombros y con la yema de los índices circunvaló los pezones, turgentes, enhiestos como mojones.

Hablaron de todos y cada uno de los días y noches compartidos. Bebieron hasta emborracharse, se quitaron la resaca con salvajes combates en las alfombras sobre la gramilla embebida de rocío de madrugada, bajo la ducha tibia, vestidos a las volandas tomaron mates en la cocina haciendo planes, para volver a enceguecerse de deseo.

Durante minutos, horas, se turnaron para recorrerse la espalda y el cuello, los valles erógenos, y se sembraron de caricias interminables, de poemas y promesas susurrados al oído para luego lamer el lobulillo de la oreja. 

Avanzada la madrugada, Alejandra recordó algo y se puso de pie desde la alfombra agitando el dedo índice. Se envolvió con los restos de la cortina que habían destrozado en sus arremetidas incontroladas. A los pocos minutos regresó con un turrón de quaker rebosante de chocolate.

Repitieron la ceremonia del lejano encierro en Torrevieja.  Echados sobre la alfombra vacuna se embadurnaron pacientemente el torso y el vientre con la avena chocolatada. Iban a lanzarse a lengüetazos cuando un trueno quebró la noche.

Lentamente los goterones de la lluvia comenzaron a caer. Como Dios los trajo al mundo y tatuados de la oscura piel superpuesta corrieron a los jardines y se abrazaron como supervivientes de un naufragio.

La lluvia lavó hasta la última gota de chocolate, se abrazaron como siameses, mientras le diputaban al aguacero hebras del postre derramado. El la alzó desde los muslos y entro en Ella con una paciencia y firmeza que la lluvia parecía subrayar.

Ciegos de éxtasis. Ebrios de alocado buen amor, rodaron por el césped hasta volver a sumergirse en la piscina.

Cuando con el correr de las horas ya en el lecho nupcial escucharon cesar la lluvia, vieron por los ventanales los resplandores del amanecer. Ambos, abatidos de placer y amor, de cansancio y adrenalina aún batiente, se abrazaron arrullados, sobrecogidos de una súbita soledad, inermes a los designios del destino. Como si sospecharan que una poderosa fuerza sobrenatural, así como los había unido podría sorprenderlos con la ruptura, la tragedia, un nuevo mar embravecido.

Alelada por esos fantasmas Alejandra le musitó al oído:

-Te seguiré adonde quieras que vayas

-No Alejandra. No me seguirás. No vendrás tras de mí-

Una nube de hielo paralizó la respiración de Alejandra.

-Cómo  decís?

-Que no vendrás detrás de mí. Caminarás a mi lado. Pareja viene de par-

Una humedad incontrolable bañó el rostro de Alejandra que se le echó al cuello.

Lloró con fuerza.

Esta vez de felicidad.

La historia, cruzó océanos, llanuras increíbles.

Pero había otros mares, otras distancias inmensurables, otros abismos desconocidos y medrosos, cuyas tormentas de incertidumbres, y sus silenciosos huracanes de soledad y angustia, abrumaban los corazones desolados.

Alejandra, exhausta de amor, colonizada y martirizada de placer, le tomó una vez más las manos y le hundió en la mirada verde, el puñal castaño de sus ojos café almendrado.

 

 

 

FIN

 

Marina Soledad Heil Chiaro                                                                                                                   Raúl Cueva


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