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De mar Amar Segunda Parte

Capítulo Cuarto

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Los hechos y personajes son productos de la ficción. Toda similitud con la realidad son mera coincidencia. (Los autores)

 

Las rutinas de Sebastián comenzaban a ubicarlo en la misma relación de poder y brillo personal, como cuando deslumbró a Alejandra la noche en que se conocieron y dieron rienda suelta al dragón pasional que dormitaba en ellos.

Aquella noche, cuando Alejandra cruzó el hall con su solera roja, el dragón de deseos que se despertó en el vientre de Sebastián tuvo la correspondencia de una Alejandra, que sacudiendo el tedio asfixiante de su rutina, abrazó la pasión nocturna de las cabañas.

¿Adónde había ido a morir aquel fuego sagrado, aquél óleo de Samuel, que había signado la fractura de la vida de ambos para abrir la dimensión a un universo nuevo, bañado de mar salino y locura lunar?

Dante y Josefina ya identificaban a Maruca como una abuela madraza más que una tía de mamá. Nunca se reveló la razón por la que Rogelio y Maruca no pudieron tener hijos, y los corrillos del vecindario de la colonia sostenían el rumor que Rogelio era estéril y que Maruca ocultó la verdad sosteniendo que era Ella quien padecía la imposibilidad de ser madre. Todo en el ánimo de preservar el amor propio de un marido, que no encontraba otra forma de asumir la verdad, sino trabajando de sol a sol como una bestia de carga y ahogándose en alcohol por las noches.

Su cargo en Comercio Exterior vinculó a Sebastián de un modo creciente con el CICAE, la gremial empresaria que agrupaba a comercios e industrias de la ciudad y el departamento. A medida que transcurrían los días, el mecánico y rutinario trabajo convirtió a Alejandra en una máquina ordenadora de gestiones y expedientes por la mañana, y la criada doméstica por la tarde, tras la crianza de los melli, las tareas escolares de Dante y Josefina, la limpieza de la quinta; trabajo que a excepción de la niñera, nunca delegó en personal de servicio alguno.

Sebastián en cambio nadaba en un océano de sociales, trabajo docente y de simposios. Una rutina cimentada en un archipiélago de cócteles, conferencias, recepciones, viajes. Su atuendo cambió y bajo las sutiles sugerencias de la Dra. María José Ulrich.

Comenzó a frecuentar las exclusivas casa de moda y vestir como un dandi, pese al poco presupuesto familiar

-Es como un uniforme de trabajo, Ale-

-No digo que no tengas que ir bien vestido, formalmente dada las características de la gente que frecuentas y toda la parafernalia esa de las sociales, pero de ahí a estrenar un traje por semana y  corbatas Versace,. . . a propósito, de dónde sacaste tanto conocimiento y buen gusto por la ropa fina vos? Cuando te conocí, sin dejar de vestir bien, tenías un aspecto más, digamos informal,. . .

Sebastián soltó un respingo de resignación.

-¿No es lo que querías? ¿Valorar las instituciones burguesas? ¿Valorar y volver al orden? ¡Pues bien, Licenciada! ¡Aquí me tiene, el digno hijo del sistema que Ud. quería! ¿Ah? Hay toda una carrera a desarrollar aquí. Si bien no es el periodismo que hacía en Torrevieja, ni tiene demasiada afinidad con mi historia, mi pasado, pero hay que mirar hacia adelante. Aprender de la experiencia y seguir. Por lo tanto, todas estas careteadas que tanto parecen superficiales son como un accidente de camino. No es importante la versace sino para que se usa la versace. Una herramienta, un recurso si se quiere

-Claro que no es importante la versace, sino el detalle de donde sacaste tan buen gusto para vestir. Recuerdo muy bien tu sobriedad y sencillez, incluso trabajando para Gus en Mar de Ajó o Torrevieja. Recuerdo como si fuese hoy tus sacos de pana y las camisas de verdes. Pero tenías vaqueros de lona y mocasines. Ahora te voy a confundir con Richard Gere en mujer bonita –por la pilcha claro. . .-

Iba a compararla con Julia Roberts pero se contuvo y recurrió a su prolijísima memoria de archivos.

-Lee este mail Alejandra que me enviaste en Mar de Ajó,. . . te lo leo para reproducir el mail del duelo por las instituciones, donde me paraste el carro porque no podía desarmarse un matrimonio y una familia, y las instituciones fundantes de nuestra cultura etc. etc., escuchá. . .   

 . . . No se trata sólo del “qué dirán”, ni de las instituciones burguesas, ni de la esclavitud latinoamericana y mucho menos de enemigos militares… Se trata del Amor y la vida! Si crees en Dios sabrás que “Dios es Amor” y nos dejó unos diez mandamientos para no faltar a ese amor y lo que hicimos, lo que deseamos, rompe varios de ellos. Además vivimos en sociedad, la libertad de uno termina cuando empieza la del otro, si todo el mundo haría lo que le da la gana o lo que siente en un impulso de enamoramiento o en una crisis matrimonial o laboral o de lo que sea imagínate el caos que sería el mundo!! Es necesario el equilibrio, el orden. . .

-Esta era una alabanza al orden, la línea de conducta conforme a regular nuestras acciones y nuestras vidas acorde con el sostén de esas instituciones.

-¿Cuál institución? ¿Las de la Ulrich o las mías?

-Por favor Ale, basta de juegos. ¿Tan difícil es pensar que una mujer y un hombre pueden compartir una relación, laboral profesional de negocios o lo que fuere, sin suponer, sospechar y hasta afirmar descaradamente que también comparten la cama? Recurro a tu proverbial sentido común, a tu lógica de hierro, de la que carecemos los poetas. . .

-A eso me refiero, poeta en desgracia. En Mar de Ajó recorrías cuadras y cuadras hasta encontrar una florería para traerme una rosa con una poesía, aquí las tenés en tu propio jardín de los colores que busques, y no te has tomado el mínimo trabajo de podar una o matarles las hormigas. Y en lo que respecta a la poesía que alguna vez me aceleró los latidos, solo quedan frases de cumplido en una esquela. Solo tenés tiempo para escribir memos y correos de negocios, plagados de la empalagosa e hipócrita narrativa. . .

Sebastián acusó el golpe, y protestó:

- . . . Lo admitas o no lo que estoy haciendo es lo correcto. Eso es lo normal!

-Ah sí? ¿Y qué es lo normal?

-Lo que responde a las normas-

-Hagamos las nuestras entonces-

Y cerró la cocina con un portazo.

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Las primeras jornadas en la agencia de economía cimentaron una amistad creciente con Stefanía. A la natural complicidad femenina, se añadía un equipo por la compatibilidad de caracteres que armonizaba la relación laboral y la creciente demanda de trabajo, sobre todo en las jornadas próximas a ferias o compromisos y eventos de interés empresarial.

Para Estefanía la vida de la colonia transcurría sin motivos aparentes de sobresalto, y cercada por el salario insuficiente, los alquileres abrumadores, y las tensiones políticas que la administración vigente al igual que las anteriores vigilaba hasta la vida privada de los empleados.

Cuando Alejandra le comenta a Stefanía  las tensiones generadas por la misteriosa Ulrich, el debate de las amigas derivó en una angustia común.

-Qué es el amor? ¿Qué es la felicidad?

Alejandra sonrió y ambas soltaron una ahogada carcajada en la oficina, que a esas horas se encontraba ya vacía de público.

-Ay Ale. Mirá que lo pienso una y otra vez y me acuerdo lo que decía mi abuela.

-Qué decía tu abuela?

- No es bueno que el hombre esté sólo. Hasta en la Biblia está escrito.

Alejandra sorbió el café sosteniendo la taza con ambas manos y sacudió los tacones de sus botas tratando de ahuyentar el frío.

-Yo le diría a tu abuela que tampoco es bueno que la mujer esté sola.

-Ah sí? Bueno a vos Ale te dejaban sola bastante seguido, y ahora estás más sola que perro malo. Lo decís por eso?

La amistad que Alejandra construyó con Stefanía fue tan rápida como rica. El ambiente municipal, enrarecido por el lodo de la política con su red de miserias y mezquindades, no era el ámbito propicio para cultivar amistades verdaderas. Muy pronto aprendió que para contar las genuinas amistades sobraban los dedos de una mano. Un ambiente asfixiante, de mutuas desconfianzas, de códigos no revelados que identificaban y diferenciaban a los de la anterior gestión con la nueva que había ganado las elecciones, era una divisoria de aguas. Enrarecida aún más por los que saltaban el cerco de un b ando al otro según el gobernante de turno o los cambios producidos por los resultados electorales.

-Sola sola, no. Su trabajo lo tiene de un lado a otro. Debo comprender que es su carrera.

-No me refería a eso, Ale.

-No entiendo entonces. . .

-Gerardo duerme todas las noches en casa. Y eso no significa nada. Lo noto ausente hasta en los momentos más íntimos. Es como si estuviera y no estuviera. No se explicarlo bien. Me acuerdo que de novios, y hasta que quedé embarazada de Matías, se deshacía en elogios por cada cosa que me ponía. Traía flores, chocolates. No olvidaba un aniversario. . .

-Y ahora esas atenciones han desaparecido ah?

-Ponele  que no. Que no desaparecieron. Sino que. . . siguen apareciendo pero de otra forma que se yo por ejemplo. . . -Una sombra de melancolía pareció ahogarse con la taza de café humeante.

Alejandra decidió intervenir en la laguna de nostalgia de su amiga.

- Bueno pero pongamos que no puede ser lo mismo. No creo en eso que el matrimonio es la tumba del amor. Lo que pasas que, los novios, los amantes, son como los gobernantes. Mientras están de campaña electoral, es decir para que los elijan, prometen el oro y el moro, te halagan, te seducen, se arreglan, sonríen, te colman de atenciones. Pero una vez conseguido lo que quieren tenés que hacer vaca con San Antonio para verles la cara. Ya está, ya pasó. Y si les recordás que los votaste y lo que dijeron para que los votasen y porqué los votaste entonces vienen las excusas. . . verá licenciada interpretó mal mi discurso  .era otro contexto. . . no sabíamos la herencia que íbamos a recibir. . .  El matrimonio es lo mismo. Dale, que estamos grande para jugar a los noviecitos. Es así, para llevarte a la cama los tipos antes eran capaz de insistir en atenciones que te hacían sentir una reina. Ahora, eso sí, una vez que salieron de la Iglesia y firmaron en el Registro Civil, ya está. . . fuiste!  La cama deja de ser una aventura para ser una obligación. . . 

Stefanía miró al vacío como si hubiese descubierto una verdad ignorada, unos segundos y luego giró para enfrentar la mirada de Alejandra y dijo:

-Entonces no hay nada que hacer. Es así. Que les vas a decir? Se terminó el principito. Son maridos y punto. Marido laburante y que duermen en casa, no necesitan ser románticos.

-No mi vieja! Hay que exigírselos – dijo Alejandra golpeando la birome en el escritorio- Que mierda somos al final! ¿Una criada, una muñeca inflable?

-Ay Alejandra que decís jefecita? ¿Vos le exigís eso a tu Seba?

-Digamos que se está oxidando un poco el principito. Así que habrá que aceitarlo un poco.

-AAja ja ja. Me imagino las escenas, con tal que no te pase como a una amiga. Para sorprender al marido se había hecho la permanente. Y cuando el tipo llega y la ve toda enrulada, jiji pegó un grito: Que te pasó! . jijiji Pensó que había tenido un accidente que se yo.

Aparte la rutina, la casa, los chicos, el trabajo Ale, hay que entender que no se puede, la aventura, lo lindo del noviazgo ya fue, eso no se puede

-No Stefanía. Se te va a pudrir todo. No hay que dejarlos caer en eso. Siempre se puede, Siempre hay una forma, de escapar, de hacerse el tiempo de inventarse la oportunidad.

-Si claro. Me imagino decirle en tan bonitas palabras al Gerardo. . .En serio Seba te escribe poesías? Eso debe ser tan lindo!!

-Escribía.-

-Ah claro-

Stefanía comprendió que debía evitar hablar de más o continuar con el mismo planteo.

-Bueno- dijo Stefa- Si es por eso de una escapada, porque no se van una noche al Faraón-

-Adonde?

-Un motel jefecita. Por la ruta donde viven ustedes como yendo para Santa Fe, antes del peaje, tiene un cartel enorme y está en el medio del campo. ¿Nunca lo viste? Seba debe haberlo visto más de una vez cuando va y viene de Santa Fe.

-Tomo nota. Figura en el circuito turístico? Ja ja

-Ah no sé, me parece que no

Y sofocaron las risas.

Era la hora de marcar la salida en el reloj municipal. La charla las había demorado y encontraron el pasillo vacío. Luego de unos lugares comunes llegaron a volver a retomar la sombría letanía de sus hogares.

Abrieron los enormes portales que daban a la escalinata. Y justo cuando iban a volver a soltar un comentario de despedida sobre lo debatido, un espejismo deslumbrante las paralizó en los escalones. Uno de los atletas del gimnasio de al lado detuvo su carrera frente a ellas para hacer elongación.

El animal era hermoso. Una estatura de 1,80, con un vientre exiguo, apenas cubierto pese al frío por shorts ajustados y el torso cuasi desnudo. La espalda parecía trazada en escuadra como un triángulo truncado que fenecía en la no menos exigua cintura. Movía ampulosamente los brazos de cíclope. Unas tenazas de bronce brillando al sol tibio del mediodía de agosto. Una escultura de Miguel Ángel. De pronto el atleta pasó una toalla de mano bajo el flequillo castaño y apenas reparó en las estupefactas empleadas del municipio. Estas distinguieron unos poderosos ojos verde agua. Se restregó el anguloso rostro de perfil griego y se perdió de un salto dentro del gimnasio tras su rutina de pesas.

Las dos se miraron con complicidad de risas ahogadas en los abrigos.

-Viste ese bocadito  de. . .

-Bocadito sí. Algo así como un plato valenciano con mariscos de alta mar. Una paella de primera para calentar este invierno ja ja

-Si si. Y ahora a casa a refritar el arroz de ayer

Una breve carcajada y Alejandra remató:

-Si Stefa. Pero es nuestro arroz. No lo olvides.

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Alentada por las sugerencias de Stefa, a lo largo de la semana, el nubarrón de las tensiones empezó a despejarse. Alejandra se esmeró hasta el desmayo con su habilidad de repostera, le planchó las sofisticadas camisas que la Ulrich le había seleccionado para lucir en sus exposiciones, olvidó sus olvidos, y prolongó las sobremesas de sábados para largas charlas recordando los viejos tiempos de su pasión entre arenas y oleajes de pleamar.

Cada coito interrumpido por la sempiterna conspiración de Marina y Raúl, sentó las bases para la audaz propuesta de Alejandra.

-Me dijeron que por acá derecho por la ruta hay un motel. Llamo a la niñera que ya se ha ofrecido varias veces. Le decimos que tenemos una de tus recepciones y el teatro. Y punto, los cuida mientras nos “escapamos” tranquilos-

Sebastián devoraba el postre, atragantándose de frutillas a la crema, y asintió mirándola. Disimuló como pudo el resquemor que le roía, una ligera sensación de alarma que se encendía por la repentina y fugaz iniciativa de una Alejandra que veía renovada. No registró en su propia conducta, cambios o esfuerzos por despertarle pasión alguna. . . entonces. . . ¿qué, o quién, era el responsable de la “resurrección” de la Ale de las cabañas?

Decidió fingir un entusiasmo compartido. Al fin y al cabo el también respiraba la ansiedad de romper la rutina. Y fijaron el sábado próximo siguiente la fecha y hora de la conspiración, sonriendo como borrachos, más embebidos de nostalgias y deseos, que de amor.

Llegaron al Faraón y Sebastián se preguntó a qué gringo bruto de le ocurría colocar una tremenda luminaria en la entrada misma del motel.

Sonrió para sus adentros, cuando estacionó a la vera de una de las habitaciones.

-Bueno no es una cabaña pero tiene el encanto de la escapada-

-Me pregunto algo, quienes serán los restantes visitantes de esta noche al “fara”. Estoy segura que debemos ser el único matrimonio que deja la casa para escaparse acá- Y soltó una risita contagiosa

-Estaría bueno que hagan un allanamiento –terció Sebastián- y detengan a todos, que se yo, un procedimiento antidrogas, esos medios espectaculares. Te imaginás, nosotros no tenemos nada que ocultar, pero el resto ¿dónde se mete?!! Ja ja nos divertiríamos a lo loco.

-O tal vez me equivoco y hay más matrimonios buscando una noche distinta como nosotros-

Entraron a la habitación sofocando la risa. La luminosidad rojiza los convirtió en sombras moradas. El lecho estaba cubierto por un cubrecama con la imagen azabache de una pantera en acecho. Alejandra juzgó el exiguo decorado como de una exuberancia, una concupiscencia recargada, sin el encanto de la pileta entre pérgolas de tía Maruca o la calidez íntima de las paredes rústicas encaladas. Comparó las chillonas cortinas de lilas o rojos acordonados, con los muebles de madera dura y aberturas de algarrobo ornadas, con la bruma lunar de Torrevieja, o la arena tibia de Mar de Ajó. Le pareció inhóspito, se sintió prisionera en un ámbito de pesadilla.  

Sebastián la tomó de los hombros y le apoyó los labios en el cuello. Ella de súbito se adelantó un paso

-Voy al tocador, es solo un momento Seba.-

Antes de retirarse se sentó en el borde de la cama para descalzar sus sandalias. Corrió el cubrecama y comprobó la humillante capa de polietileno de doscientos micrones, como los que usaban en la chacra de Maruca, para los invernaderos de hortalizas.

Se levantó de golpe e ingreso al estrecho corredor del baño donde la luminosidad era normal, blanca y fuerte.

Se lavó los labios quitando el rouge, pensando en no tener que renegar demasiado con quitamanchas para barrer el carmín de la camisa o la corbata. Se quitó los anillos, el reloj y la pulsera.

Volvió a la nube rojiza, como de crepúsculo, Sebastián se había desabrochado la camisa dejando caer los faldones cubriendo buena parte de su bóxer.  

Se quitó una a una las prendas. El incendio de Torrevieja o Mar de ajó contrastaba con el iceberg de la habitación que parecía una claustrofóbica reproducción de los cabarets de mala muerte.

Sebastian no pudo menos que distinguir un arco de tensiones, y decidió tornar la otrora incontenible avalancha de deseo y musculatura por un lento acercarse. El poeta de antaño se revelo pálidamente con unos gestos de gastado cariño, casi compasivo.

-Vamos, mi pichona- dijo -Esta bien admito que algo de la magia se ha ido en el tembladeral de este viaje. Los nuevos ambientes, adaptarme a esta realidad en medio de un lugar nuevo, desconocido, con nuevos desafíos laborales.  . . . .

Alejandra respiró profundamente en el espacio de diálogo para apoyar la cabeza en el tórax de roble del gigante. Se sintió levemente culpable cuando distinguió la huella del poeta que parecía haber invernado en uno de los bordes del océano. Su cabeza derramaba su cabellera sobre la suave pelambre negra del pecho de su amante, que la elevaba y descendía con el ritmo de su respiración.

Una sensación de confianza le devolvió una ligera oleada de entusiasmo. Se compadeció por ese gigante, ardiendo de salvajes deseos, abandonado a una llanura gringa e insípida para sus gustos europeizados en amalgama con sus impulsos latinos.

-Sé que debo adaptarme y poner el lomo y la cabeza en nuestro proyecto familiar, solo que a veces, los melli. . . los adoro. . . sabés pero tienen la increíble puntería de interrumpir lo mejor . . .

Durante largos minutos hablaron recordando, navegando el océano de mar a mar, de costa a costa, sobrevolaron las cabañas bañadas de sal marina, de soles tibios y brisa fría.

Cuando creyeron agotar los recuerdos, y como si recordaran donde estaban, un pesado silencio envolvió el mortecino rojo de la luminosidad. Entonces Sebastián deslizó la mano sobre el cuello y bajó hasta el vientre circundando el ombligo como si de ello dependiera encontrar las palabras.

-Te quiero pichona. . . así de simple. No es mucho pero es lo que me sale decirte.

-No es mucho? Es todo Seba. Es el principio y el fin. Lo que le da sentido a todo lo demás. Ay amor si supieras lo bien que me han hecho sentir estas palabras-

-De verdad? Llevaría horas edificar el poema que te mereces y hace tanto que te lo debo

Ella giró sobre su eje, dejando de mirar el techo de espejos para posar la mirada en el mar de zargazos de su gigante. Se abalanzó sobre él como una tigresa, montándolo a horcajadas

-Ahora verás los secretos que guarda la fortaleza de Catalina La Grande.-

Olvidó el claustro morado, la densidad de las luces opacas, la profilaxis del polietileno, el asfixiante aroma de perfume barato. El gigante se tensó como una ballesta medieval y quebró lanzas con la amazona hasta que extenuados se fundieron en un abrazo de náufragos.

Se vistieron a las volandas, como si la demora pudiera dañar el recuerdo de la noche.

-La cerveza la tomamos en casa una vez que despidamos a la niñera-

-Si si, ay soy otra! Creo que tomare dos cervezas. Una para la sed y otra para el festejo.

Se zambulleron en al auto luego de abonar por el ventanuco, sin mediar más comentarios, sin dejar de mirarse, tocándose como adolescentes a escondidas, besándose sin soltarse mientras Seba intentaba maniobrar en retroceso.

El impacto, sordo y seco, los paralizó

Sebastián se bajó para ver. Había chocado el costado de una 4 x 4.

-Dios, estabas aquí.

-Que pasa por Dios Seba subí al auto!!!!

- Si si. Mañana le explicaré.

Y partieron riendo como quien ha logrado desprenderse de un perseguidor.

El corto trayecto hasta la quinta de Maruca, pareció una travesía.

Alejandra se despidió de la niñera con una suculenta propina-Gracias Señora-

Los niños dormían. Sebastián la aguardaba en el centro del vestíbulo. Con las luces apagadas y apenas herida por los lechosos haces de la luna, la habitación no guardaba el más mínimo parecido con la celda cortinada del Fara.

Se aproximó al gigante sonriendo, con la excitación gradualmente latiéndole por cada poro. Él tomó las copas de champagne y las llenó, para depositarlas en una ratona.

Como si pelara las capas de una cebolla, fue quitándole una a una las prendas y la invitó a extenderse sobre el cuero vacuno que usaban de alfombra. Con un ademán la volvió boca abajo. Ella soltó un diminuto chillido cómplice.

Sebastián, con la paciencia y solemnidad de un maestro de ceremonias, comenzó a derramarle champagne helado en finísimos goteos desde el cuello, por las hendiduras de la espalda. El frío de la bebida que le erizó la piel, contrastó rápidamente con la calidez bucal que la recorría y exploraba, palmo a palmo. Se sintió poseída por un burbujeante hormigueo que la inundó de saliva, fluidos, sudor, y una volcánica erupción de deseos.

Sebastián siguió lamiendo su presa hasta agotar la botella. Alejandra soltó una suerte de llamada de auxilio, y el gigante se posó como un águila sobre sus espaldas. Ella sintió fundirse a su piel con el cuero de la alfombra.

Nunca supo cuándo comenzó y finalizó el inenarrable martirio de felicidad. Solo alcanzó a tomar conciencia que, por ese solo puñado de segundos, había valido la pena haber existido.


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